¿Que el crimen no paga? ¡Pues el no amar tampoco!

Vuelvo al tema del a partir de cero o casi de cero, después de alguna catástrofe global. El artículo anterior sobre este tema fue “¿Cómo rediseñar la sociedad a partir de cero?”. Ahí se planteaba la necesidad de continuar a partir de la reunión de sólo unas cien personas; y se planteaba también la posibilidad de rediseñarla mejor que la que tenemos hoy. Sería tonto desaprovechar una oportunidad así.

Veíamos que en nuestra sociedad hay dinero y amor, pero que prevalece el dinero; y que sin duda la prevalencia del dinero ha sido mala. ¿Querríamos rediseñar nuestra sociedad de modo que prevaleciera el amor? ¿O quizás optaríamos por el “más vale malo por conocido que bueno por conocer”? ¿Cuáles serían las consecuencias de que prevaleciera el amor? ¿Y cómo lograrlo?

Nuestro dinero no funcionaría; no valdría nada, porque no habría tiendas ni nada qué comprar, a no ser que en ese momento quisiéramos “reinventar” el dinero de alguna manera rudimentaria. Pero estamos en el supuesto de que no querríamos hacerlo, sino rediseñar nuestra sociedad en función del amor. De cualquier modo, lo inmediato sería conseguir lo indispensable para sobrevivir: agua, alimento, techo, etcétera. Y sería muy impráctico que cada quien consiguiera todas sus propias cositas. Seguramente nos distribuiríamos por grupos, conforme a nuestras habilidades, para conseguir lo indispensable para todos. Algún grupo conseguiría agua para todos; otro, alimento para todos; otro, techo para todos, y así.

Nadie diría: nosotros conseguimos agua, pero sólo para nosotros. Si nosotros sabemos conseguir agua, la conseguiremos para todos. Y así todos, según las necesidades y habilidades de todos. Lo haríamos para todos porque hemos decidido hacerlo en función del amor y porque todos nos amamos. Sería poco amoroso, además de tonto, que alguien se quedara sin techo, por poner un ejemplo. Todos trabajaríamos para servir a todos en todas sus necesidades; y todos trabajarían para servirnos a todos en todas nuestras necesidades. No sólo por la conveniencia vital de hacerlo así, sino porque, además, todos nos amamos. Nótese la fecunda complementariedad del amor con la conveniencia vital. En la civilización del amor se ama al indigente.

En la sociedad del dinero se trabaja para ser servido, para ganar dinero y comprar lo que uno quiera. Y si alguien carece de algo, ése será su problema; que lo resuelva como pueda, o que se lo resuelva el gobierno, cuando haya algún gobierno, y si es un buen gobierno. Y eso es así porque en la sociedad del dinero no se ama al indigente, porque no es una sociedad diseñada en función del amor.

En cambio, en la civilización del amor se trabaja para servir, casi olvidándose de uno mismo, ya que todos trabajan para servir a todos, también a sí mismos, en todas sus necesidades. Y si hay fallas se corrigen. De inmediato se logrará lo indispensable para sobrevivir, pero todos sabrán que hay muchas carencias, que faltan muchísimas cosas. Por eso cuando alguien nota la carencia de algo importante, se le agradece y se procura que algún grupo se ocupe de conseguir eso. Lo mismo si alguien detecta fallas, para que se corrijan. Más que criticar, todo tiende a agradecerse y corregirse. Todo tiende a ser un continuo y compacto trabajo en equipo; y la educación tiende a consolidar eso.

Al crecer, esa sociedad se irá haciendo compleja –y más se ha hecho debido al dinero– y será necesario afrontarlo inteligentemente. Deberá haber metas, proyectos, manejo de recursos, aprovechamiento de talentos. Deberá haber planes y decisiones, pero no de gobernantes sedientos de poder. Surgirá la cuestión de lograr una buena forma de gobernar, que tenga una fecunda complementariedad con el amor y la conveniencia vital. Puede parecer algo utópico, pero no lo es; se logra debido a situaciones críticas. Así lo han logrado, por ejemplo, los grupos anónimos: Alcohólicos Anónimos, Neuróticos Anónimos, Jugadores Anónimos, etcetera.

El tema de partir de cero lleva al tema de qué sea un buen gobierno.

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