Nuestro sentido de trascendencia demanda que convirtamos nuestros años de aprendizaje en obra terminada.

Después de haber trabajado con miles de empresarios, no deja de sorprendernos cuando algunos nos expresan que la trascendencia ya no les motiva en absoluto, que no les interesa para nada qué suceda con su empresa más allá de su retiro o de su muerte.

El tema de hoy no sólo es un asunto de sucesión. También es un asunto de compromiso social, de realización personal y, a fin de cuentas, de responsabilidad trascendente.

Un viejo amigo y yo hemos compartido muchas experiencias juntos y hemos aprendido mucho uno del otro. El ha desarrollado en Sudamérica un notoria capacidad de diseñar e implantar grandes sistemas de cómputo (ERP y redes). Sus productos son extraordinarios; su servico, relevante. Su imagen es brillante en los mercados donde ha trabajado. Pero cada vez que ha intentado multiplicarse poniendo oficinas de su negocio en otros países ha fracasado por una razón o por otra.

Últimamente le he escuchado su plan de retiro. Con un gran sentido práctico ha encontrado una forma de manejar su compañía los últimos años de su vida profesional. Piensa amasar un patrimonio interesante en 10 ó 15 años más, y retirarse a jugar golf y pasear con su esposa.

Toda la vida su conversación fue otra. Siempre me hablaba de sus “años de aprendizaje” y de cómo se estaba preparando para culminar su obra en manos de sus socios, construyendo con ellos un plan de continuidad y crecimiento a largo plazo. Esta obra se ha interrumpido en varios intentos por falta de algunos elementos importantes. No maduró su fórmula de negocio; no construyó suficiente masa crítica; no pudo trasmitir toda su metodología, que siempre ha sido muy compleja; no encontró una fórmula económica interesante para sus asociados. Total, que su empresa siempre dependió mucho de él y nunca pudo crecer exitosamente por cuenta propia.

Ahora lo veo afanado en lograr sus objetivos de retiro sin más intención que conjuntar ese patrimonio para poder retirarse. Lo veo entusiasmado, pero ya no contagia con su discurso, ya no atrae con su proyecto. Ha perdido algo que distingue a los grandes empresarios de los hombres de dinero: la magnanimidad que siempre le caracterizó. Sólo el empresario magnánimo realmente trasciende.

Cuando hemos completado nuestros “años de aprendizaje”, los empresarios tenemos que trascender completando el negocio más importante de nuestra vida, que es dejar nuestra empresa preparada para continuar sin nosotros. Tenemos que completar. Llega un momento en la vida de todo empresario en que los años de aprendizaje deben convertirse en obra terminada.

El propósito no es ser el más rico. Nuestra riqueza no puede depender de nuestras cosas, ni de nuestras propiedades, ni de nuestro dinero. Nuestra riqueza es nuestra trascendencia; nace de nuestro interior, de la semilla que Dios ha sembrado en nosotros y se extiende hacia nuestra obra. Sin trascendencia la obra del empresario se convierte en un autoempleo bien remunerado. No llega a más.

Algunos empresarios lo intentan y se rinden en el camino. A veces el esfuerzo los cansa. Revivimos cuando el proyecto de trascendencia vuelve a brillar en nuestros ojos.

Los empresarios que lo logran son un ejemplo para la humanidad. Son un testimonio de la magnanimidad con que el hombre puede mantenerse fiel al cometido de su empresa.

Cuestionando a mi amigo le vi nuevamente brillar esos ojos y contagiar con su entusiasmo. ¿Cuál es nuestra empresa, nuestro alcance? ¿Hasta dónde llega nuestra ambición? ¿Es asegurar nuestra vejez y amasar un patrimonio o es enriquecer el patrimonio de la humanidad? No hay tiempo que perder. No hemos llegado al fin. Tenemos que seguir hacia adelante. Aún está viva la oportunidad de lograrlo.

La inspiración del artista, igual que la del empresario, siempre va cargada de generosidad y es siempre generada por Dios. Él es el origen de toda idea, de toda inspiración, de todo proyecto, de toda creatividad. Necesitamos reforzar nuestro sentido de trascendencia. Definamos nuestra obra para terminarla y dejarla acabada.

 

 

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Carlos A. Dumois es Presidente y Socio Fundador de CEDEM.

 

 

* “Dueñez®” es una marca registrada por Carlos A. Dumois.

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