El hombre ha de encontrar qué parte del mundo le toca terminar.

Hace unas semanas recomendé a un lector que leyera el libro de Viktor Frankl “El Hombre en Busca de Sentido” con su padre, un empresario deprimido por los fracasos que había enfrentado en su negocio. Releí el libro y les comparto algunas de sus ideas.

La voluntad del sentido. La búsqueda del sentido de la vida humana constituye una fuerza primaria, y no una “racionalización secundaria” de sus impulsos instintivos. Este sentido es único y específico, en cuanto es uno mismo y uno solo quien ha de encontrarlo; únicamente así el hombre alcanza un fin que satisfaga su propia voluntad de sentido.

Algunos autores sostienen que el sentido y los valores no son más que “mecanismos de defensa”. El hombre, no obstante, ¡es capaz de vivir e incluso morir por sus ideales y valores!

El hombre no se siente impulsado a responder por una preestablecida conducta moral; en cada situación concreta decide actuar de una forma determinada. El hombre no actúa para satisfacer su impulso moral y silenciar así los reproches de su conciencia; lo hace para conquistar un objetivo o una meta con la que se identifica, por una persona que ama o por la gloria de Dios. Si obrara con el fin de acallar su conciencia se convertiría en un fariseo, y ya no sería una persona verdaderamente moral.

La esencia de la existencia. Lo que importa no es el sentido de la vida en formulaciones abstractas, sino el sentido concreto de la vida de un individuo en un momento determinado. A cada uno le está reservada una concreta misión, un cometido a cumplir. Por consiguiente, ni puede ser remplazado en su función, ni su vida puede repetirse: su tarea es única como única es la oportunidad de consumarla.

El sentido de la vida también se entiende desde el ángulo inverso, si consideramos que cualquier situación plantea y reclama del hombre un reto o una respuesta a la que sólo él está en condiciones de responder.

El hombre no debe cuestionar el sentido de la vida, sino comprender que la vida le interroga a él. La vida pregunta por el hombre, y éste contesta de su única manera: respondiendo de su propia vida y por su propia vida.

Únicamente desde la responsabilidad personal se puede contestar a la vida. La esencia de la existencia consiste en la capacidad del ser humano para responder responsablemente a las demandas que la vida le plantea en cada situación particular.

Declarar al hombre un ser responsable y capaz de descubrir el sentido concreto de su existencia, es acentuar que el sentido de la vida ha de buscarse en el mundo, y no dentro del ser humano como si se tratara de un sistema cerrado.

A esta característica esencial del hombre Frankl le llamó “autotrascendencia de la existencia”. Ser hombre significa dirigirse hacia algo o alguien distinto de uno mismo, bien sea realizar un valor, alcanzar un sentido, o encontrar a otro ser humano. Cuanto más se olvida de sí mismo -al entregarse a una causa o a una persona amada- más humano se vuelve y más perfecciona sus capacidades.

Cuanto más se afana el hombre por conseguir su autorrealización, más se le escapa de las manos, pues ésta verdaderamente es sólo el efecto profundo del cumplimiento acabado del sentido de la vida. La autorrealización no se logra a la manera de un fin, sino como el fruto legítimo de la propia trascendencia.

El sentido del amor. El sentido de la vida también se descubre por la aceptación de una donación de la existencia, como por la conmoción interior provocada por la belleza de una obra de arte o del esplendor de la naturaleza, o por sentir -gracias al amor- el cercano calor de otro ser humano.

El amor es el único camino para arribar a lo más profundo de la personalidad del hombre. Nadie es conocedor de la esencia del otro si no lo ama. Por el acto espiritual del amor es posible contemplar también la potencialidad del otro, lo que está aún por desvelarse.

Y aun más, mediante el amor, la persona que ama posibilita al amado la actualización de sus potencialidades ocultas. El que ama ve más allá y urge al otro a consumar sus inadvertidas capacidades personales.

Ojalá nuestro joven lector y su padre hayan leído el libro.

 

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Carlos A. Dumois es Presidente y Socio Fundador de CEDEM.

 

 

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