No podemos tolerar que se trate sin dignidad a ninguna persona en nuestras empresas.

Hace unos días me abordó una alta ejecutiva de una compañía con la que trabajamos, pidiéndome una opinión. Se mostraba contenta en general con la empresa, pero inconforme con algunos rasgos culturales de su organización.

Al profundizar descubrí varios aspectos importantes que los dueños debemos cuidar. Me refiero a la construcción del ambiente de trabajo que queremos que se respire en nuestra empresa, tomando en cuenta que en ella trabajan hombres y mujeres.

Esta ejecutiva me habló del entorno adverso que vive en su trabajo, en donde las mujeres son consideradas como funcionarias inferiores por muchos de los altos ejecutivos, quienes esperan sumisión siempre de ellas. Tienen temor a que les afecte expresarse con libertad; y si deciden confrontarlos tienen que asumir sus modales agresivos y desconsiderados.

La cultura organizacional que me describió es de falta de respeto y de hostilidad. Me contó cómo en sus reuniones los hombres se expresan vulgarmente, hablan con doble sentido, cuentan chistes de mal gusto, se comunican con malas palabras, hablan groseramente de las mujeres y de sus cuerpos con términos fuera de lugar.

Estas costumbres van poco a poco distorsionando y devaluando el ambiente de trabajo. Aprendemos y permitimos comportarnos como si no hubiese damas presentes. Propiciamos que nuestros espacios de trabajo se vulgaricen y obligamos a las mujeres a aceptar tratos que no comulgan con su género, ni con su dignidad.

Los hombres fácilmente toleramos estas conductas, aunque no nos gusten, y no nos damos cuenta hasta qué punto hacemos sentir mal a otros, sobre todo si se trata de mujeres educadas y sensibles.

Hoy suele suceder, no sólo en las empresas sino en general, que lo que manda es lo incorrecto y lo vulgar. Hay una vergüenza de promover lo correcto y lo decente, de que los demás vayan a pensar: Mira, mira, éste quiere que nos portemos como niñitos buenos. Y entonces nos quedamos callados. Y así, los líderes que somos unos tiburones en cuestiones económicas, al tratarse de moral y decencia nos ablandamos.

En general los hombres hablamos y bromeamos sobre temas sexuales que hacen referencia al cuerpo de las mujeres, y no nos percatamos en qué medida llegamos a faltarles al respeto.

Después de narrar sus percepciones sobre su empresa, esta ejecutiva me pregunta: ¿podrá cambiar la cultura de mi empresa, o tengo que pensar en trabajar en otro lado, donde sí respeten a las mujeres?

¿Qué le contestaría cualquier empresario a esta persona? ¿Es posible modificar el ambiente de trabajo de una organización como la descrita?

Lo primero que tenemos que cuestionarle a los dueños de dicha compañía es si ésa es la cultura corporativa que quieren mantener. ¿Les interesa saber lo que piensan las mujeres que trabajan con ellos? ¿Les preocupa que todos los miembros de ella se sientan bien? ¿Han pensado si estarían contentos si sus hijas trabajaran en un ambiente así? ¿Han definido qué ambiente de trabajo les gustaría crear, que sea atractivo para ellos y ellas?

Los empresarios pueden intentar establecer una determinada cultura corporativa. Pueden también pretender implantar unos valores y estándares de comportamiento que reflejen la identidad de la organización; sin embargo no es una labor fácil, ya que tiene que partir del enorme peso de su historia, de sus hábitos y costumbres.

La cultura organizacional se compone de un conjunto de creencias y valores que todos los miembros de la empresa respetan. La parte sensible de las empresas la cultivan, la promueven y la impulsan precisamente las mujeres.

En general se dice que las organizaciones muestran mayor o menor masculinidad o feminidad en sus culturas. Si predominan la independencia, la dominación y la competencia, se dice que la organización es más masculina. Si reinan la delicadeza, el respeto y el apoyo mutuo, se dice que es más femenina.

¿No será que no nos damos cuenta del peso creciente que tienen las mujeres en nuestras organizaciones? ¿No será que nuestros niveles de educación se han deteriorado, sobre todo en “ambientes de hombres”?

Sí que podemos exigir otro comportamiento, si el que hoy prevalece no es el que queremos. Sí que podemos implantar normas, establecer límites y exigir que se respeten. Pero tenemos primero que poner el ejemplo, no tolerar la vulgaridad, darle su lugar a la mujer, retroalimentar a quienes no respeten nuestras reglas.

Busquemos construir ambientes de trabajo agradables y atractivos para todos, que dignifiquen y respeten a todas las personas.

 

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Carlos A. Dumois es Presidente y Socio Fundador de CEDEM.

 

 

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