Dijo una vez Picasso: “Se necesita mucho tiempo para llegar a ser verdaderamente joven”.

Estas vacaciones han traído nuevas reflexiones a mi mente. Pude analizar un video hecho por Jane Fonda. Ella últimamente se ha dedicado a estudiar el fenómeno del envejecimiento humano. Quiero compartirles sus ideas.

Tal vez la última de las revoluciones que estamos viviendo sea la revolución de la longevidad. Nuestra esperanza de vida es de 30 años más que la de nuestros bisabuelos. ¡Vaya! Esto es como una segunda edad adulta, y no hemos reparado en el significado que pueda tener.

Seguimos viviendo bajo el antiguo paradigma de la edad, que es el de la vida como un arco: crecimiento, estabilidad y decrecimiento. Pero hoy los pensadores y científicos han desarrollado una nueva idea: la plenitud de vida durante las últimas tres décadas del ser humano.

El tercer acto puede ser una etapa de desarrollo con su propio sentido, tan diferente de la mediana edad como la adolescencia de la infancia. La gran pregunta es ¿cómo podremos utilizar este tiempo? Para entenderlo y vivirlo exitosamente puede servirnos una nueva metáfora, la de la escalera, que representa el ascenso imparable del espíritu humano.

La etapa posterior a los 50 años, dice Jane Fonda, puede llevar consigo una mayor sabiduría, integridad y autenticidad. La edad representa este potencial de sentirnos mejor interior e incluso exteriormente, con más conciencia, con más capacidad de ser felices.

¿De qué depende el poder vivir con éxito estas tres últimas décadas? Bueno, un poco de suerte, algo genético y, desde luego, mucho de nuestra parte.

La entropía dice que todo lo material vive en un continuo proceso de declinación y deterioro, el paradigma del arco. Pero esto no sirve para explicar el progreso del espíritu humano, que puede seguir evolucionando hacia la plenitud.

A veces ese espíritu humano decae ante los retos de la vida. Podemos sufrir de heridas que no han cerrado, o padecer la sensación de estar inconclusos o de habernos quedado a medias; o podemos encontrar nuevas vocaciones y caminos. Puede ser que nuestra gran tarea pendiente sea la de terminarnos a nosotros mismos.

¿Cómo debemos vivir este tercer acto? ¿Qué se supone que debemos cumplir en él? Jane se dio cuenta de que para saber definir hacia dónde vamos, tenemos que revisar de dónde venimos: los dos primeros actos. Lo primero es tratar de contestar a la pregunta ¿quién soy yo realmente? No quienes nuestros padres, maestros, familiares, jefes, clientes y compañeros nos han hecho creer que somos.

Los psicólogos llaman a este proceso “hacer una revisión de vida”, y dicen que puede traer nuevo significado a la forma de vivir de una persona. Así podemos descubrir que no somos responsables de muchas cosas que creíamos que ocurrieron por nuestra culpa, o que pensábamos de nosotros mismos. Uno puede volver atrás y perdonar completamente, a uno mismo y a los demás, y liberarse de las cargas del pasado.

Fonda hace referencia a Víktor Frankl, en su gran libro “El Hombre en Busca de Sentido”, donde escribió: “Nos pueden quitar todo lo que tenemos en la vida, excepto nuestra libertad de elegir ante cualquier situación”. Esto es lo que determina la calidad de vida que hemos vivido, no si hemos sido ricos o pobres, famosos o desconocidos, sanos o enfermos. Lo que determina nuestra calidad de vida es cómo nos relacionamos con nuestras realidades, qué significado les damos, qué actitud adoptamos ante ellas, qué estado de ánimo les permitimos activar.

Frankl dijo también que una vez perdida la voluntad de vivir, difícilmente se recobra. Por su parte el pensador Nietzsche dijo; “Quien tiene un por qué para vivir, seguramente encontrará el cómo”. No podemos esperar encontrar el sentido de nuestra vida en el exterior de nosotros.

El propósito medular del tercer acto es volver a tratar de mejorar nuestra relación con el pasado y con nuestra realidad. No es tener experiencias lo que nos hace mejorar. Es reflexionar sobre las experiencias del pasado lo que nos hace sabios, plenos y auténticos. Esto puede ayudarnos a convertirnos en lo que podríamos haber sido. Yo añadiría que es esto lo que nos permite seguir creciendo como personas.

 

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Carlos A. Dumois es Presidente y Socio Fundador de CEDEM.

 

 

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