La ira del empresario acaba por ser la ruina de su empresa.

La ira es un vicio que puede apreciarse o no apreciarse a primera vista. Hay quiénes saben ocultarlo. Otras personas no logran dejar de manifestarlo, con gestos o ademanes, levantando la voz e incluso explotando. El aforismo ético dice que contra ira, paciencia.

El diccionario define la ira como “pasión del alma, que causa indignación y enojo”, o también como “apetito o deseo de venganza”. La paciencia es “capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse”, o también “facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho”. La ira es un vicio de carácter marcadamente espiritual que no respeta edad, ni sexo, ni condición económica o social.

En tal sentido, la ira es semejante al alcoholismo o la neurosis, entendida ésta al modo de los grupos anónimos, como Alcohólicos Anónimos (AA), Neuróticos Anónimos (NA) y otros. En NA se dice que la neurosis es una enfermedad o vicio del alma, caracterizado por impedir el control de las emociones. Y se sostiene que la ira o enojo es una emoción estrictamente personal. Nadie nos hace enojar; nos enojamos porque queremos, o al menos porque nos permitimos enojarnos.

Por ejemplo, una frase dicha por el borracho de la esquina nos tiene sin cuidado; y solemos pensar que esa misma frase “nos hace enojar” si es dicha por alguien cercano. Pero es claro que esa frase es indiferente respecto a nuestro enojo; somos nosotros quienes queremos o nos permitimos enojarnos cuando esa frase es dicha por alguien que nos importa: ¿cómo se atreve a decirnos eso?

El enojo puede llevar a la venganza. En inglés se dice “don't get mad, get even” (no te enojes, véngate, emparéjate). Sabemos que la venganza del mesero es escupir en la sopa. No queremos venganzas en nuestras empresas. El enojo puede adoptar muchas formas, desde explosivas hasta muy “educadas”, pero siempre da lugar a desconfianza, a mal ambiente, muy perjudicial en toda organización. La ira o enojo tiene muchas y peculiares repercusiones en el mundo empresarial. Mencionaré sólo algunas.

En la empresa la ira suele darse en forma de disgusto cuando las cosas no se hacen como se quiere, principalmente de parte de los jefes, y sobre todo cuando ellos quieren los resultados más que el aprendizaje de sus subordinados. Ese disgusto puede presentarse en forma de broncas, regaños o llamadas de atención más o menos persistentes y “educadas”.

Tales jefes no aceptan que los subordinados se equivoquen, porque no comprenden que corregir los propios errores es una de las mejores formas de aprender y de crecer. Quien descubre y reconoce sus propios errores logra corregirse de mejor manera, y ya no hay necesidad de corregirlo ni de llamarle la atención. Tales jefes no entienden que ese ambiente de libertad, debida y amablemente supervisado, favorece la innovación y es lo mejor para la empresa a mediano y largo plazo. Lo contrario es un ambiente de miedo a equivocarse y de miedo a los jefes.

La empresa es muchas cosas, pero principalmente es su gente. La empresa permanecerá, mejorará y crecerá en la medida en que su gente crezca. No reconocerlo es un error de graves consecuencias. Si esto no era debidamente conocido en el pasado, los nuevos medios de comunicación lo están poniendo de manifiesto de formas que no dejan lugar a duda.

Finalmente quiero mencionar lo que considero el peor daño que la ira causa en las empresas: la incapacidad de conocer si el propio trabajo está bien hecho, o no. Los disgustos o enojos del jefe hacen que sus subordinados, por miedo a perder su chamba, aguanten por largo tiempo la costumbre de esperar la sonrisa del jefe para quedar satisfechos con su propio trabajo.

Y como la costumbre hace ley, esos subordinados pueden llegar a aceptar la sonrisa del jefe como único criterio para saber que su trabajo está bien hecho. Lo cual erosiona la autoestima del subordinado, al grado de que, en vez de desarrollarse en la empresa, se deteriora laboral y mentalmente. Los ámbitos de trabajo de esos jefes irán a la ruina. Y si el empresario es uno de esos jefes, hará que su empresa vaya a la ruina tarde o temprano.

Empresarios, yo el primero, ¡cuidado con la ira!

 

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Carlos A. Dumois es Presidente y Socio Fundador de CEDEM.

“Dueñez®” es una marca registrada por Carlos A. Dumois.

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