Todos los líderes han de luchar para mantener a su organización en el camino de lo más importante que le toca hacer.

Nuestro entorno, así como nuestro propio interior, nos mueven de manera natural hacia lo que no es importante. Hay muchas circunstancias y sucesos alrededor de nuestro actuar, muchas confusiones en nuestro pensar y muchas atracciones en nuestro querer que nos jalan hacia lo que no es nuestra mejor oportunidad. 

El hombre no tiene siempre conciencia de lo que más le conviene. Nosotros no hacemos todo lo que está a nuestro alcance para identificar lo que más nos acerca a nuestros objetivos. Nuestros propios paradigmas nos impiden ver con claridad dónde están en cada momento nuestras mejores posibilidades. No nos atrevemos a ir más allá de lo que nuestra inercia mental nos dicta. No estamos siempre abiertos a explorar a nuestro alrededor, a mirar hacia adelante con visión, a visualizar desde arriba con perspectiva. No nos salimos del mismo encuadre en el que nos manejamos todos los días. 

Nuestro mismo quehacer nos dificulta ampliar nuestra apertura visual y nos enclava en lo cotidiano, en lo más operativo, en lo más cercano, en lo más conocido. No tenemos tiempo de experimentar, de averiguar, de indagar más allá de lo que determinan nuestras tareas del día a día. La operación del negocio es como un río crecido que con su fuerza nos arrastra hacia el ayer, hacia lo dominado, hacia el menor riesgo, hacia lo seguro.

También nuestras emociones nos detienen y atan al pasado. Hay muchos temores que nos impiden o entorpecen la tarea de crear nuevas avenidas de creación de riqueza. Nos da miedo lo desconocido, la posibilidad del fracaso, el asumir los riesgos de las decisiones de inversión. Igualmente preferimos mantenernos ligados a lo que conocemos, a lo que nos gusta y a lo que sabemos hacer bien. 

A nuestro alrededor hay también muchas distracciones. Nos venden ilusiones con nuevas herramientas, nos distraen con planteamientos de negocio fuera de nuestro foco, nos dejamos llevar por la inercia de la industria, nos seduce lo que logran otras compañías.

Nuestra querencia no es siempre suficientemente clara y poderosa. Se dispersa complacientemente con otros productos y mercados, que no son los que más prometen ni los que mejor se acoplan a nuestro plan estratégico. Si los líderes de la organización tenemos bien definido nuestro proyecto de futuro, podemos alinear todo lo que hacemos hacia esa visión.

Pero fácilmente caemos en distracciones de actividades y negocios que no tienen ninguna relevancia ni nada que ver con nuestro proyecto.

También a veces establecemos y mantenemos compromisos que dejan de ser operantes, con nuestros clientes, con nuestros colaboradores, con nuestros proveedores, con nuestros consejeros, y no sabemos cuestionarnos cuando toca revisar esos compromisos para ver si necesitan revisarse o ajustarse.

 Es obvio que una empresa maximiza sus posibilidades de creación de valor cuando maneja cada negocio como si fuera el único, cuando asigna sus mejores recursos a sus mejores oportunidades y cuando abandona lo que ya no vale la pena. Concentrarse en lo más relevante es lo que detona nuestra capacidad de crear riqueza. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Por qué tan fácilmente nos dispersamos y diluimos nuestras energías en otras cosas? Porque una parte de nosotros es de naturaleza dispersa, porque nos gana la inercia, porque ocurren todos los procesos de distracción que hemos mencionado. 

Hemos trabajado con cientos de empresarios en ayudarles a detectar las grandes jugadas con las que han detonado la creación de valor en sus negocios. Algunos de ellos nos agradecen tan trascendente definición y se concentran en sus mejores oportunidades; pero no establecen prácticas ni mecanismos para evitar caer de nuevo en la pérdida de la relevancia, y se vuelven a dispersar.

La lucha contra la pérdida de la relevancia no es cosa de una sola vez ni de cada cinco años. Es una lucha constante que los líderes empresariales han de librar de manera continua para asegurar que sus organizaciones se mantengan enfocadas en sus mejores jugadas.

 

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Carlos A. Dumois es Presidente y Socio Fundador de CEDEM.

“Dueñez®” es una marca registrada por Carlos A. Dumois.

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